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Sí, voto al PSOE, qué pasa

por Antonio García Maldonado, periodista y editor.

Sanidad universal, educación pública, pensiones, matrimonio igualitario, Ley de Dependencia, bibliotecas, Casas de la Cultura… El PSOE es el partido posibilista que más garantías sociales ofrece.

Como tengo la suerte de vivir en una democracia liberal, no sólo puedo votar, sino además decir sin temor a quién he votado. Siempre lo he hecho en mi círculo íntimo. No he heredado el miedo de mis abuelos, ni la precaución de que “el voto es secreto” de mis padres,  o su “no te señales” que les llevó a obligarme a hacer la Comunión pese al agnosticismo de ambos. Por otro lado, tampoco me entusiasma el exhibicionismo ni la publicidad de tantos de mi generación. Muchos, con la nueva política, han traído de vuelta al viejo militante. Votar debería ser más normal. Ya se sacrificaron otros para que pudiéramos hacerlo sin épica.
Durante las elecciones pasadas tuve la oportunidad de proclamar mi voto y explicarlo con la misma intención de los que sí lo hicieron: persuadir a los demás para que votaran como yo. Pero no lo hice. Me resistía a entrar en una retórica bélica de cielo o infierno en una democracia consolidada, por muy mal dadas que hubieran venido en los últimos años. Mi voto sólo era importante en la medida en que lo emitía, no por proclamarlo. El lechero llama a mi casa temprano todas las mañanas en forma de despertador en un teléfono inteligente.
Si ahora hablo de mi voto es por varias razones. Antes de explicitarlas, como periodista de profesión –de carrera escogí económicas–, confieso que jamás creí en ninguna mirada pura y sin contaminar, en la inexistencia de la perspectiva. No me genera ningún debate deontológico confesar mi voto. La periodista Janet Malcolm ya dijo que lo desleal no era tener una posición moral, sino esconderla. Soy progresista, liberal, socialdemócrata, europeísta. Si bien mi voto natural –y habitual– ha sido al PSOE, voté en blanco en 2011 buscando un relevo generacional –y no tanto un castigo por la gestión económica–, y a Ciudadanos en las autonómicas andaluzas. Voté al PSOE en las últimas generales, y voy a volver a hacerlo ahora.  
Hace unos días, el experto en comunicación política Luis Arroyo publicaba en infoLibre una columna donde dedicaba el párrafo final a hacer algunas aclaraciones sobre A) que trabaja para el PSOE, B) que los editores de infoLibre nunca le dirigen sus análisis y C) que no veía incompatibilidad en asesorar en comunicación y opinar. Su tono de cierto fastidio, acostumbrado como está a los comentarios de taberna y en manada en su contra cada vez que muestra su disconformidad hacia Podemos, dejaban ver una realidad que subyace en el debate público español y que me parece entre preocupante e intolerable, la misma por la que escribo ahora: la existencia de vergüenza y pudor en aquellos que no votan “lo correcto” en la izquierda.
Un treintañero confiesa haber votado al PSOE, o ingenuamente lo declara con naturalidad, y parece sospechoso. De viejo prematuro, de ser reaccionario, de traidor generacional, de desubicado, de cómplice con la corrupción, de tener el cerebro lavado por el IBEX-35 u otras presencias fantasmales, de ser un apparatchik. Un obediente. Un buen alemán. De ser una víctima del “sistema neoliberal” que ha cooptado al PSOE. De pagar los diez eurillos de gasoil con una ‘tarjeta black’, casi. De ser un cateto de pueblo, incluso. “Claro, es que tú eres andaluz”, me dijeron hace unas semanas cuando dije en Madrid a quién votaría.
De modo que la marca PSOE vaga ahora por España entre alcobas y no tanto en plazas. El espacio público simbólico ya no le pertenece. El físico tampoco. El 15M se lo adueñaron otros, y el PSOE se retiró a sus sedes a lamerse las heridas. El voto al PSOE se radia en la BBC clandestina en radios antiguas a bajo volumen. Se le niega, incluso, la condición de partido progresista. ¡Qué extendido está el juego ese que consiste en ver cuán fiel es el partido a las letras de su marca! Los que lo hemos votado parecemos uno de esos personajes raritos y acomplejados que aguanta estoicamente que los demás se rían de él, hasta que el punto de ebullición le lleva o a matarse o a reivindicarse con una fuerza que ni pensaba que tenía: “¡Sí, qué pasa, he votado al PSOE! ¿Tienes algún problema?”.
Estoy en ese punto, y por eso escribo. ‘Cuando yunque, yunque’, tituló el periodista Augusto Assía sus crónicas de un Londres resistente –y ‘Cuando martillo, martillo’ a las del Londres ofensivo y ganador–, y si el contexto histórico no sirve –por suerte–, es buena la metáfora sobre la necesidad de rechazar el abatimiento y el desánimo si se está convencido de que la razón nos asiste. Me niego a que mi voto a un partido democrático con un historial digno sea un estigma y una vergüenza. Sí, votaré al PSOE, qué pasa.  
No pertenezco a esa legión de asesores desinteresados del PSOE que insisten en decirle en los medios y las redes lo que debe hacer pero que jamás lo votaría, así le dejaran hacer el programa electoral. Yo sí los voto o dejo de votarles en función de lo que hagan o propongan. Y si lo hago de nuevo es porque entiendo que la complejidad social no cabe en los mítines ni en los programas electorales, que gobernar es un acto de improvisación continua, una negociación con la realidad que casa mal con la pureza doctrinaria. ¡Pregúntenselo a Tsipras!
El PSOE es el partido posibilista que más garantías sociales me ofrece. Le reconozco, de entrada, haberse fajado con la realidad. Haberla asumido para cambiarla. No haberse refugiado en nostalgias de soberanías y pueblos. Haberlo intentado. Retirarse a la blancura ideológica, como Monedero o Varoufakis, es una cobardía muy rentable en imagen y, por lo visto, también en patrimonio.  Y, segundo, haber conseguido cambiarla en muchos casos. La sanidad universal, la educación pública –por muy mejorable que sea, que lo es–, las pensiones, el matrimonio igualitario, lo que queda de la Ley de Dependencia, las bibliotecas, las Casas de la Cultura. Todo eso no cayó de un espíritu hegeliano que decía que ya nos tocaba por mandato teológico y nos lo fue poniendo en la chimenea en varias navidades en los 80. Eso lo decidió y lo consiguió el PSOE con la inmensa ayuda de una Europa solidaria en la que nos integró y a la que impulsó.  
Lo que señala el último CIS es bien revelador de esta verdad: el PSOE sigue siendo el partido preferido entre las personas con menos recursos, mientras Podemos lo es en los hogares con más ingresos. El PSOE es el partido de los que necesitan un Estado redistribuidor que funcione porque han de cubrir necesidades básicas; Podemos, el de las expectativas frustradas. Hay un matiz político ahí de una significación moral que debería bastar para recuperar el orgullo por lo conseguido, en general como españoles, y sacar el ánimo para espetar ese: “Sí, voto al PSOE, qué pasa”.
Negar el progreso de España de las últimas décadas es ignorancia, estupidez, estrategia electoral o pura maldad. O esteticismo ideológico, que es un mejunje de todo lo anterior que cotiza bien en Bolsa. Por desgracia, muchas veces ha sido el PSOE el que con su discurso de ruina hiperbólico se ha convertido en el saboteador retórico de su propio legado. El que ha hecho romántico a su electorado cuando él se hizo posibilista. En mi caso,  a lo mejor tenía razón aquel orgulloso votante de Podemos que me dijo eso de que voto al PSOE por ser andaluz y “de familia acomodada” (sic), a la que no conocía ni de oídas.
Porque uno, aunque joven, tiene los años suficientes para ver qué era y qué es Andalucía –precisamente donde no voto al PSOE para castigar su corrupción y por rechazo a su folclorismo sobreactuado–. Recuerdo la cutrez de tendero de mercadillo y calles viejas que era mi comarca, las carreteras malas y llenas de baches y sin señalizar, el aspecto de los centros de salud, el colegio público del que mis padres acabaron por sacarnos a mi hermano y a mí porque era imposible instruir a tantísimos alumnos por profesor, la falta de limpieza, servicios y seguridad en los barrios de aluvión de los extrarradios. Los carriles del campo donde pasaba los veranos junto a mis primos, en medio de un olivar inolvidable. Los bares de borrachines. Los campesinos con la cara cuarteada a los que me costaba entender cuando hablaban. La falta de gasolineras en los pueblos. No me extraña que Ramón J. Sender escribiera en 1933 durante su vuelo a Cádiz para cubrir la matanza de Casas Viejas: “Avanzamos hacia Andalucía. Vamos al Sur. En los viajes deprime un poco la ruta hacia el Sur. Estimula y alienta, en cambio, el camino del Norte”. Ahora, ese Sur temido es el lugar donde todos viviríamos. Donde media Europa rica pasa sus vacaciones o se gasta la jubilación y los ahorros.
Ahora veo en mi pueblo a muchos de esos jornaleros, ya pensionistas sin haber cotizado –porque no les dieron la oportunidad–, de la mano de algún niño pequeño. Son sus nietos y ellos están relativamente acomodados. Orgullosos de sus hijos, muchos de ellos licenciados, políglotas y viajados gracias a un Estado que a ellos desamparó por completo en los años decisivos para diseñar un proyecto de vida, y que ahora les paga cualquier medicamento o les opera de cualquier dolencia, por costosa que sea. En una generación (¡en una!) se pasó de la miseria y el analfabetismo a la clase media y la modernidad. Eso, con todas sus carencias, abusos y errores, lo hizo en grandísima medida el PSOE. Que otros sientan vergüenza de su voto. Yo no. Y vuelvo a proclamarlo: “Sí, votaré al PSOE, qué pasa”.

Fuente: www.ctxt.es

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